El sitio donde alguien pregunta a Abraham qué quiere desayunar

El sitio donde alguien pregunta a Abraham qué quiere desayunar

Sergio González es psicólogo en Santa María de la Paz, un centro de acogida para personas sin hogar en Madrid de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Así que, con toda la experiencia que ha ido adquiriendo en este tiempo, ya ha aprendido a desconfiar de los indicadores. Que uno encuentre empleo, que otro reduzca el consumo, que un tercero recupere una prestación… Todo eso está muy bien y se mide. Pero cuando se le pregunta dónde ve él que lo que hacen funciona, lo que viene a su cabeza no son datos. “Te dicen que cuando vivían en la calle nunca, en años, nadie había llamado por su nombre. Y de repente aquí todos los días les preguntan: ‘¿Qué quieres desayunar?’. Eso les cambia la vida”, explica.

Abraham, también presente en la conversación, es peruano y lleva nueve años en España. De esos nueve, cinco los pasó en la calle. Como todos los demás usuarios del centro, llegó derivado de otros dispositivos. El hermano Ramón Castejón lo explica: “Aquí todos vienen con un expediente y un estudio pormenorizado”. Sin embargo, los perfiles que llegan al centro no se parecen. La edad va de los 45 a los 65 años, con excepciones. Lo que sí suele repetirse es el desgaste propio de haber pasado un periodo, a veces muy largo, en la calle. “Llegan con bastante daño psicológico y también social”, dice el psicólogo. “Han perdido las relaciones con la familia, con los amigos, con la sociedad… se sienten ciudadanos de segunda”.

Volver a un hogar

De hecho, cuanto más larga es la trayectoria de calle, peor suele ser el pronóstico. “Detrás suele haber una adicción, a veces causa y a veces consecuencia, porque muchos consumen para anestesiar la situación. Se pierde la higiene…”, explica González. “Se pierden los lazos familiares que aún quedaban -un WhatsApp con una hija, un hermano al que se ve de vez en cuando-, y se llega a desconectar de las propias emociones”, añade. Por eso, lo primero no es el plan de intervención, sino escuchar. “Los motivos que le han llevado a estar tanto tiempo en la calle, el desprecio que ha sufrido, la violencia. Todo eso hay que atenderlo y, sobre todo, no juzgarlo”, dice el psicólogo. “Que la persona se sienta aceptada y no exigida”, subraya.

Abraham llegó hace cinco años derivado por los servicios sociales. Comía en comedores, y estaba deprimido y venía, dice, con las costumbres de la calle: enfrentamientos, mentiras, desconfianza de todo. Se peleaba con los educadores y con los enfermeros. No soportaba que le mandasen. “Pero entendí que ellos quieren lo bueno para nosotros”, cuenta. “En la calle queremos ser libres a nuestra manera. Acá teníamos que portarnos bien”, reconoce. Ahora trabaja en el área de limpieza y en la cafetería del centro, así que tiene las mañanas ocupadas. “Es como una terapia para mí. Me siento más disciplinado, más limpio, más ordenado”, explica. Además, en el centro hay biblioteca, ordenadores, se hace deporte y hay un huerto. Los domingos tienen misa y hay un coro que salió de los propios residentes. Abraham, de hecho, ha aprendido a tocar la guitarra. “Estamos muy ocupados aquí, y eso es algo muy bueno para nosotros”, señala. “Me siento más humano. Me sentía muy encogido, muy amargado”, asegura. Ha visto llegar a gente peleando, renegando de todo, como llegó él. Y también les ha visto quedarse. Él, y tantos otros, son la muestra de que “la gente sí puede cambiar, y lo hace”.

El comienzo

La historia del centro empieza con una idea rara. Fue el hermano Antonio Metodio Zarzosa, entonces provincial, quien puso en marcha el primer albergue de transeúntes de Madrid, detrás del hospital San Rafael, en noviembre de 1979. Y como había que financiarlo, en el mismo edificio construyó dos plantas de aparcamiento para los vecinos del barrio. Con eso arrancó, con unas 250 plazas. Después vinieron los traslados, hasta llegar al edificio actual, inaugurado en mayo de 2017. Hoy son unas 33 personas trabajando, tres de ellas hermanos de San Juan de Dios. Cada residente tiene asignado un trabajador social que le busca salida según el caso: una residencia, un hogar tutelado, un empleo. Además, el centro funciona en red con el albergue de la calle Herreros de Tejada, también de San Juan de Dios, que atiende a personas más jóvenes y en situación más compleja. Aquí llegan los casos crónicos, y las estancias medias se cuentan a veces en años.

Lo más nuevo empezó en octubre. Doce camas, habitaciones individuales, alguien cuidando las 24 horas del día todos los días del año. “Aparte de estar en la calle, cuando vienen a esa zona es porque necesitan rehabilitación, o quimioterapia, o porque van a fallecer”, dice Castejón. La unidad se subvenciona con los donativos a San Juan de Dios, una aportación pequeña del Ayuntamiento, con el Banco de Alimentos, con grandes superficies que avisan de productos próximos a caducar y con un mercadillo solidario. Pero, además, por Santa María de la Paz pasan cada año unas 4.000 personas entre colegios, empresas y otros grupos. Los residentes hablan con ellas. Es la parte de sensibilización. Porque, como subraya Castejón, nadie está libre. “Han pasado por aquí empresarios, gente que cuidó diez años a su madre y a los cincuenta ya no encontró trabajo”, dice. “Hasta tal punto es real que cualquier persona puede acabar en la calle que la primera persona que murió en esta unidad era médico”, señala Castejón. “Estaba alojado como residente y aquí le diagnosticaron un cáncer. Fue rápido…”, lamenta.

Comunión

A los visitantes se les ocurre casi siempre la misma pregunta: ¿qué hacen con los no creyentes o musulmanes? “Nunca preguntamos por eso”, responde Castejón. Hay una capilla y a la eucaristía va quien quiere. Durante el Ramadán, a los musulmanes se les preparan táperes para que coman de noche. Tampoco a los trabajadores se les pregunta si practican.

Texto: Elena Magariños

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