La vida consagrada en Ceuta: presencia, acogida y esperanza

La vida consagrada en Ceuta: presencia, acogida y esperanza

La presencia de la vida consagrada en Ceuta se hace especialmente visible en los momentos de dificultad, cuando la vulnerabilidad humana reclama respuestas concretas, cercanía y compromiso. A través de la atención a las personas dependientes, el acompañamiento a quienes llegan a la ciudad en busca de una oportunidad y la asistencia a quienes carecen de recursos básicos, distintas congregaciones religiosas mantienen vivo su compromiso con los más necesitados.

La labor de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca, de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl o de las Adoratrices, constituye una muestra de esta presencia. Sus experiencias reflejan cómo la vida consagrada, desde distintos carismas y formas de servicio, se convierte en hogar, cuidado y esperanza para quienes atraviesan situaciones de especial fragilidad. Son, sin embargo, solo dos ejemplos de las distintas congregaciones que están colaborando con otras entidades y ofreciendo respuestas sobre el terreno.

Cruz Blanca: ser casa y familia

Ceuta forma parte de la historia y de la identidad de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca. Fue en esta ciudad donde su fundador, el hermano Isidoro Lezcano, comenzó a dar forma a su llamada vocacional. Desde entonces, la congregación ha mantenido su presencia en el territorio, desarrollando su carisma a través de la atención a personas dependientes y a diferentes realidades de vulnerabilidad, especialmente en el barrio del Príncipe.

La crisis vivida en la ciudad alteró profundamente la normalidad cotidiana y afectó de manera directa a las personas atendidas por la congregación. Los residentes dependientes de la Casa Familiar llegaron a vivir una situación de semiconfinamiento, condicionada por la percepción de inseguridad y el temor a salir a la calle o recibir visitas de sus familiares. También se vieron afectados los usuarios del social-mercado del barrio del Príncipe, las personas participantes en los programas de empleo y los niños que reciben apoyo escolar en el centro social.

La tensión que se vivía en Ceuta dificultó, en muchos casos, la continuidad de estos servicios. Ante esta realidad, los Hermanos de la Cruz Blanca reafirmaron su compromiso de seguir siendo “casa y familia” para quienes forman parte de sus centros. Su respuesta se ha apoyado en la cercanía, la atención cotidiana y la solidaridad con el conjunto de la población ceutí, con la voluntad de ser testimonio de acogida, respeto mutuo e integración incluso en circunstancias especialmente difíciles. La congregación sitúa la dignidad humana en el centro de su misión, recordando que esta “no pierde valor al cruzar una frontera”.

Desde esta convicción, defiende que el respeto a los derechos humanos debe prevalecer por encima de cualquier debate político. Su compromiso se ha concretado también en la colaboración con otras entidades y en el trabajo en red para el reparto de alimentos, en respuesta al llamamiento de solidaridad de la Iglesia de Ceuta. A ello se suma el acompañamiento y cuidado de niñas migrantes menores de edad llegadas a la ciudad, así como la puesta en marcha de un recurso de alojamiento para mujeres embarazadas.

En medio de la incertidumbre, Cruz Blanca mantiene su vocación de acogida y cuidado, convencida de que la respuesta a una crisis humanitaria pasa por proteger a las personas y sostener los vínculos que hacen posible la convivencia.

Hijas de la Caridad: en salida

La respuesta de las Hijas de la Caridad en Ceuta nace de una tradición de servicio que, desde sus orígenes, ha llevado a la congregación al encuentro de los pobres. Ante la situación que atravesaba la ciudad, las Hijas de la Caridad reconocieron una llamada urgente a hacerse presentes allí donde el sufrimiento se manifestaba con mayor intensidad. En menos de una semana desde la petición de las visitadoras de las cuatro provincias españolas, seis hermanas procedentes de distintos lugares se desplazaron hasta Ceuta.

Llegaron el 11 de agosto y, desde el primer momento, encontraron también muestras de generosidad y comunión eclesial. Su alojamiento fue posible inicialmente gracias a la ayuda de un ciudadano ceutí y, posteriormente, a la acogida de las Misioneras de la Inmaculada Concepción. Su servicio se ha desarrollado en colaboración con entidades que ya estaban trabajando sobre el terreno, entre ellas el Secretariado Diocesano de Migraciones de la diócesis de Cádiz y Ceuta, Cruz Roja y Médicos del Mundo. Una labor compartida que ha permitido responder a necesidades muy diversas, desde la atención sanitaria hasta la acogida, la alimentación y el acompañamiento personal.

Parte de las hermanas se incorporaron al Centro San Antonio, donde se atiende a personas especialmente vulnerables, entre ellas familias, personas enfermas y personas LGTBI. El centro amplió su capacidad para responder a las necesidades básicas de entre 50 y 100 personas migrantes que vivían en la calle, frente a las 10 o 12 que podía atender inicialmente. Allí, las religiosas colaboraron en la acogida, el reparto de desayunos, la organización de duchas, las clases de español y los cuidados de enfermería. En este servicio, la atención material se complementa con la participación de los propios residentes, que contribuyen a la acogida y al cuidado de los espacios compartidos.

Otras hermanas salieron al encuentro de quienes dormían en las playas, deambulaban por las calles o buscaban refugio en construcciones improvisadas con cañas, maderas, cartones y plásticos. También acudieron a las naves en desuso próximas a la frontera del Tarajal, donde se habían instalado miles de migrantes, entre ellos numerosos menores y familias. El juego, el aprendizaje de palabras en español y las actividades con material escolar permitieron, además, compartir momentos de cercanía con los niños. La asistencia se extendió a la playa del Trampolín, donde colaboraron en el reparto de alimentos y en la atención sanitaria.

Adoratrices: acogiendo a mujeres

La Comunidad Adoratrices Ceuta tiene presencia en la ciudad desde hace 90 años. En la actualidad está formada por tres hermanas y se llevan acabo dos obras apostólicas. El Colegio Santa Mª Micaela, gestionado por el Equipo de Titularidad provincial y que cuenta con alrededor de unos 300 alumnos y el Proyecto Azalea, un recurso residencial para mujeres o unidades familiares que liderar y acompañan las hermanas.

Las hermanas que forman la comunidad, junto con un grupo diverso de personas contratadas, son las que acompañan el día a día de la casa de acogida. La vida comunitaria está organizada según esta misión encomendada. En la actualidad conviven con las religiosas varias unidades familiares, madres con sus hijos y alguna mujer sin hijos, están con la ocupación máxima que dispone la casa de acogida.

La mayoría de las mujeres, por diversos motivos, se han visto en una situación de desprotección y extrema vulnerabilidad que ha precisado la intervención de los Servicios Sociales. El proyecto busca acompañar a la mujer de forma integral hasta alcanzar su autonomía e inserción social, que logre empoderarse como persona y ser agentes activos en la sociedad.

Cuando las mujeres consiguen un grado de autonomía suficiente y pueden acceder a una vivienda siguen acompañándolas, ya que en muchos de los casos formamos parte de su red de apoyo en la ciudad y alcanzar la plena autonomía requiere de mucho más tiempo del que pueden vivir en la casa de acogida.

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