Kainé, conversión “en” y “para” la sinodalidad

Kainé, conversión “en” y “para” la sinodalidad

En los muchos años que llevamos acompañando procesos de Misión Compartida (MC) desde el área de MC de CONFER, hemos comprobado que en ellos surgen dificultades que los ralentizan o, a veces, los paralizan. Para superarlas es necesaria una verdadera y profunda conversión, tal y como nos invitaba el Papa Francisco para la vivencia y desarrollo de la sinodalidad.  

Cuando un proceso, como el de la MC, es complejo, no basta con dar soluciones técnicas que pretenden responder a los problemas, sino que hace falta elevar la perspectiva para ofrecer una respuesta sistémica. La llamada a la vivencia de la misión en clave sinodal exige de nosotros un cambio profundo y radical. Por ese motivo, hemos diseñado desde el área de MC de CONFER Kainé “ (novedad, transformación), un itinerario formativo que no se reduce a dar unas píldoras teóricas sobre lo que es la MC, sino que busca generar un verdadero proceso de transformación o conversión.  

La MC no es simplemente una moda de los últimos años, sino que nos hallamos ante una auténtica y profunda llamada del Espíritu Santo a la vivencia de la sinodalidad en las familias carismáticas, donde consagrados y laicos compartimos misión a luz de los diversos carismas.  

Llamada del Espíritu

Ya ha pasado mucho tiempo desde que los laicos se incorporaron a las obras de los consagrados para ir compartiendo con ellos, inicialmente, las tareas. En este proceso hemos ido descubriendo que ambas formas de vida, a la luz del carisma, comparten una misión con igual dignidad desde diferentes vocaciones, pero complementarias.  

La respuesta a esta llamada del Espíritu, aunque apasionante, no siempre resulta sencilla, pues se presentan obstáculos en el camino que hay que superar. Muchas veces aparecen miedos y resistencias tanto por parte de los laicos como de los consagrados. También surgen dificultades institucionales que pueden ralentizar o incluso paralizar los procesos. Pero debemos ser conscientes de que estas son oportunidades de cambio y crecimiento que hay que afrontar con profundidad y no simplemente con acciones puntuales que no se encuadren en un plan más completo. 

Estas heridas, debilidades y fragilidades que aparecen en el desarrollo de la MC nos habitan en todos los niveles de nuestro ser. Algunas de ellas son personales (miedos, resistencias, orgullos, apropiaciones…), otras son comunitarias (no nos vivimos como convocados a vivir fraternalmente la misión o llevamos caminos comunitarios paralelos consagrados y laicos…) y otras son institucionales (el camino hacia la corresponsabilidad exige que abandonemos muchos odres viejos para poder acoger el vino nuevo). En Kainé pretendemos abordarlas de manera integral para que las familias carismáticas sean lugares reales de encuentro que nos lanza a la misión.

Cambio de mentalidad y de corazón

Por lo tanto, el proceso de conversión que requiere la aparición de las familias carismáticas exige que hagamos este cambio de “mentalidad y de corazón” (metanoia y metakardía) a los tres niveles (personal, comunitario e institucional). Además, debemos también tener presente que el ser humano también presenta diversas dimensiones que están interrelacionadas entre ellas (la afectivo-corporal, la mental y la espiritual) que deben ser tenidas en cuenta a la hora de promover la conversión que la MC necesita. Ello nos permitirá superar los miedos al encuentro entre laicos y consagrados o los apegos a las cotas de poder que tenemos o combatir convicciones que obstaculizan el proceso como pensar que la vida consagrada es superior o mejor que la vida laical y otras tantas dificultades que suelen aparecer en el camino.  

Por tanto, para una verdadera conversión personal, hemos de hacernos conscientes de qué emociones o sentimientos albergamos con respecto a la vivencia de la misión compartida, cuáles la impulsan y cuáles la ralentizan, para poder trabajar sobre ellas. También tendremos que revisar nuestras falsas creencias o creencias limitantes sobre lo que verdaderamente es la “comunión para la misión”. Y todo, ello será necesario ponerlo a la luz del Espíritu, para que nos ilumine y podamos así escuchar su llamada.  

«En» y «Para»

Esta conversión también ha de ser comunitaria, pues como dice el Papa León: “La conversión no solo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación” (Papa León XIV, Mensaje para la Cuaresma 2026).  

Es indispensable una conversión “en” y “para” la dimensión comunitaria que nos permita descubrir y asumir el «alma» de la Familia carismática: la fraternidad. El objetivo es fortalecer el sentido de pertenencia y los vínculos relacionales al estilo sinodal. Solo así, tejiendo una verdadera red de apoyo, podremos pasar del «yo» al «nosotros» y fomentar la corresponsabilidad y la participación activa de todos en la misión compartida. 

Esta transformación es, por tanto, algo más que un mero intercambio de ideas o análisis de problemas; implica un cambio de mentalidad y de corazón, y la promoción de actitudes que fomenten la comunión como fuente y fruto de la misión. Construir comunidad/fraternidad requiere impulsar unas relaciones basadas en vínculos afectivos, espacios informales y experiencias compartidas, tanto a nivel horizontal (personal y colectivo) como institucional, donde el liderazgo estratégico y la transmisión del carisma son fundamentales.  

Conversión comunitaria

Para todo ello es fundamental una estrategia institucional que dinamice la dimensión comunitaria, promoviendo la formación, el acompañamiento, el reconocimiento y los espacios de diálogo. Esta transformación comunitaria en clave de “comunión para la misión” tiene también como trasfondos la cultura vocacional (que nos recuerda que tanto laicos como consagrados tenemos vocación) y la apertura a la dimensión espiritual, donde la vocación se descubre y se contagia al servicio de la misión.  

Finalmente, esta conversión comunitaria, que trasciende la individualidad con la creación de vínculos, se tiene que concretar en la vivencia de la corresponsabilidad. Necesitamos dejar atrás los odres viejos para incorporar los nuevos de la participación activa y la responsabilidad compartida en la misión.  

Partiendo de una radiografía de la propia realidad carismática, hay que discernir en profundidad cómo tomamos las decisiones, para que se escuchen las diversas voces y que la corresponsabilidad y la participación sean reales. A medida que avancemos en estos procesos de cambio, tendremos que ir dando pequeños “saltos de nivel”.  Así, por ejemplo, las estructuras canónicas como capítulos o consejos provinciales podrán ir dando paso a nuevas estructuras sinodales como la “asamblea de la misión” o el “consejo de la misión”, donde laicos y consagrados con la misma voz y voto disciernen y deciden cuanto toca a la misión, ejerciendo la gobernanza y la autoridad de una manera nueva y sinodal en escucha al Espíritu y al servicio de los hermanos.  

Texto: Jorge Botana, responsable del área de Misión Compartida de la CONFER

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