Vida consagrada, ¿para quién eres?

En la fiesta de la Presentación del Señor, cuando la Iglesia eleva con sus manos la Luz que no se apaga, celebramos la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

La presidencia de la CONFER ha hecho público un mensaje con motivo de la misma, sumándose a su celebración con acogida, compromiso y gratitud. A continuación, reproducimos el mensaje:

El lema que se nos propone este año adquiere forma de pregunta: Vida consagrada, para quién eres? Si ahondamos en su sentido, descubrimos que se trata de una cuestión evangélica que nace del corazón de Dios y se dirige a lo profundo de nuestra vocación. Es una pregunta que nos sitúa ante el Banquete del Reino y el corazón de la historia, ante el sigilo de nuestra consagración y el clamor concreto de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.

«Somos enviados para los demás»

La vida consagrada no es para sí misma: nació para entregarse y transparentar un modo de vivir y servir. Somos consagrados y consagradas para Aquel que nos llamó, pero precisamente por eso somos enviados para los demás; sin barreras, sin prisas, sin distancias que sofoquen la razón de nuestro amor primero.

Somos para los que caminan sin rumbo, para quienes transitan los caminos de la vida con el cansancio acumulado y el corazón herido. Somos para los que se han quedado al borde del sendero, como aquel hombre del Evangelio, golpeados por la dureza de la existencia y el silencio de demasiadas noches en vela.

Somos para los tristes, para los que han perdido la alegría de vivir y yacen escondidos en la acera de algún sueño. Somos para los que han visto apagarse las promesas y se han acostumbrado a sobrevivir sin esperanza: los que lloran en secreto, los perdidos, los que no saben poner nombre a su dolor.

Somos para los cansados, para quienes sostienen cargas que no eligieron y responsabilidades que nadie comparte. Somos para los que sirven sin reconocimiento, para los que cuidan sin ser cuidados, para los que han dado todo y sienten que apenas les queda nada.

Somos para los que flojean en la fe, para los que rezan con miedo y dudan sin atreverse a confesarlo. Somos para los que no han perdido a Dios, pero sí el camino hacia Él. Somos presencia paciente, lámpara encendida en la noche, memoria viva de que Dios no se retira aunque el corazón se muera de frío.

Somos para quienes viven atrapados en la desesperanza cotidiana, en la precariedad, en la exclusión y en la invisibilidad. Somos para los que ya no esperan nada de la Iglesia ni de la sociedad, pero siguen esperando –aun sin saberlo– un gesto de misericordia.

Somos para los que viven en soledad, para quienes habitan casas llenas de silencio, para los que nunca son llamados por su nombre. Somos comunidad que acoge, fraternidad posible, signo humilde de que es posible vivir juntos desde la diferencia reconciliada.

Somos para colaborar en redes que multiplican la vida y nos llevan a donde solos no podríamos llegar, entretejiendo esfuerzos con otros para que la esperanza encuentre caminos que ninguna congregación podría abrir por si sola.

Carismas como riqueza ofrecida a la Iglesia como profecía vivida

Nuestros carismas, en su diversidad, son una riqueza ofrecida a la Iglesia como profecía vivida. Y en una sociedad marcada por la fragmentación, el enfrentamiento, la polarización y la autorreferencialidad, vivir juntos –siendo profundamente distintos– no es sólo un estilo de vida: es un mensaje que hemos de ofrecer a la sociedad.

El mensaje culmina para que la pregunta –«¿para quién eres?»– nos acompañe en la oración, en el discernimiento y en el gobierno de nuestras congregaciones. Que no tengamos miedo de volver a la raíz, de escuchar el clamor de los últimos y de dejarnos desinstalar por el Espíritu. Que, siguiendo la estela confiada de Simeón y Ana, sepamos reconocer la salvación que Dios sigue poniendo en nuestras manos; y nos atrevamos a ofrecerla, sin reservar un solo instante, al corazón herido del mundo.

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