Thimbo Samb: «Es una pena que reconocerse racista hoy en España sea un orgullo»

Es una pena que reconocerse racista hoy en España sea un orgullo

Durante décadas, España ha sido escenario de debates encendidos sobre migración, identidad y derechos humanos. Sin embargo, la realidad es que muy pocas veces esas discusiones están acompañadas por voces que han vivido en primera persona esas realidades. Hoy, una de las más potentes es la de Thimbo Samb, actor, activista, creador de contenido y protagonista de una historia de superación que ha compartido en las XXIII Jornadas de Justicia y Misión de CONFER.

Nacido como Abdoulaye Thiambou “Thimbo” Samb en Kayar, un pueblo pesquero de Senegal, ha pasado de ser un joven que llegó a España en patera a los 17 años a consolidarse como una de las figuras más visibles del activismo migrante en la cultura española contemporánea. Su historia está marcada por una experiencia de vida como menor en situación de vulnerabilidad, su lucha contra el racismo estructural, y su recorrido artístico que hoy le permite romper estereotipos y construir espacios propios para narrar la migración desde dentro. Pero, también, para dejar claro que cada uno de los migrantes que llegan no tienen una deuda de éxito con el país que les acoge. Son personas, y su dignidad no depende de lo que puedan aportar.

Thimbo se formó desde niño en un ambiente cultural que le marcó profundamente. En aquel pueblo de pescadores, su madre era actriz y su abuela cantante, por lo que el arte fue siempre un elemento constante en su vida desde sus primeros años. “Nací haciendo teatro”, asegura en conversación con SomosCONFER. “Según lo que me contaron mi madre y mi abuela, cuando era un bebé y mi madre iba a los ensayos me llevaba con ella, así que, cuando necesitaban a un niño para ensayar, me sacaban a mí”, relata. Así, al crecer, se unió al mismo grupo de teatro en el que estaba su madre. Y, a pesar de trabajar desde los 11 años como pescador, él sabía desde pequeño que su destino estaba absolutamente ligado a la interpretación: “Pescar me daba dinero, pero actuar me hacía feliz. Era uno de los niños más felices del pueblo”, asegura.

Actor desde la cuna

Este amor por la interpretación sería un pilar fundamental en su vida incluso antes de conocer la dura realidad de la migración. Sin embargo, su llegada a Europa vino motivada por una necesidad mayor: la falta de oportunidades en su país y la violencia estructural que empuja, como a él, a tantos jóvenes africanos cada año a emprender viajes inciertos y llenos de riesgos. Thimbo viajó al sueño europeo cuando aún no era mayor de edad, con la esperanza de que España fuera “esa tierra de oportunidades” que tantos jóvenes de su entorno imaginaban. Sin embargo, encontró algo muy diferente. “Llegué a España en patera con 17 años después de cuatro intentos”, recuerda. “En el último intento llegué a Tenerife y estuve allí en un centro de internamiento para extranjeros durante 18 días. Luego estuve durmiendo en la calle durante tres meses”, explica el activista.

Aquel ingreso en el CIE estuvo vinculado, sencillamente, a que su situación como menor no fue reconocida por las autoridades: las pruebas médicas determinaron que no era menor y, aunque su pasaporte decía otra cosa, su estatus permaneció en disputa durante siete años más, complicando su acceso a papeles, derechos y protección. “La documentación llegó cuando ya tenía más de 18 años, así que ya no se podía hacer nada”, explica. Que hoy se le conozca como Thimbo es, de hecho, un recuerdo de aquella llegada a Tenerife y del desinterés con el que se le trató. Y es que, a pesar de que trató de corregir al funcionario que apuntó su nombre como Thimbo y no como Thiambou, este no le hizo caso, lo que complicó, aún más, el proceso administrativo para conseguir su documentación en España.

Cáritas, la primera mano amiga

Durante aquellos meses de calle y desamparo, conoció de primera mano la crudeza del sistema. “Pasas de llegar pensando que vas a encontrar una vida mejor a verte totalmente solo y en la calle”, dice. En aquel momento estaba ya en Valencia y, en esta situación, fue Cáritas la primera organización en ofrecerle apoyo dándole un lugar para dormir. Así, fue pasando de una organización a otra hasta llegar a CEAR. “En aquel momento estudiaba y vendía por la calle a la vez”, recuerda.

“Fue una trabajadora de la fundación CEAR quien me volvió a poner en contacto con el mundo del teatro”, explica. “Tenían un grupo de teatro oprimido, en el que hay muchos gestos y no hacía falta que hablase. Ahí estuve hasta que conocí al fundador de la Fundación William Shakespeare de Valencia, quien me ofreció estudiar allí gratis”, relata. “Me apetecía mucho, pero no me parecía bien hacerlo gratis, así que me ofrecí a repartir flyers, limpiar… lo que fuera. Llegamos a un acuerdo y pude estar estudiando allí durante dos años, durante los que vas haciendo cortos con amigos, castings… te vas moviendo”.

Llegó, así, el casting que lo cambiaría todo. “Me cogieron para la película El silencio del pantano de Netflix, y fue como entré en el mundillo”, señala. Fue, de hecho, su puerta de entrada a otras producciones como Black Beach, Antidisturbios, Nasdrovia o Apagón. Ha protagonizado también obras de teatro e incluso ha dirigido su propia producción, El sueño es vida, y producido el documental Los cayucos de Kayar, en el que relata su historia.

Aumento del racismo ‘que no se ve’

Después de dos décadas en España, la fuerza de la voz de Thimbo radica no solo en su experiencia, sino en el haber sido testigo de cómo ha cambiado la sociedad en estos años. Una sociedad que apenas reconoce como la que encontró cuando llegó. “Sinceramente, España ha cambiado muchísimo desde que llegué, porque me acuerdo de que los primeros meses, primeros años, era muy difícil porque entonces la gente no tenía conocimiento ni tenían información sobre los migrantes en general. No se hablaba directamente de racismo, pero sí había gestos, tanto a nivel institucional como de la gente por la calle, que se corresponden con conductas racistas, como el hecho de que te vieran venir por la calle y en seguida querer cruzar de acera, o ir caminando detrás de alguien y que salga corriendo”, explica. Sin embargo, “en aquel momento, aunque hubiera un racismo generalizado, este no se expresaba”.

Ahora, señala, “lo que ha cambiado es que ser racista es un orgullo y la gente lo dice. Y eso es muy grave, porque decirlo es el primer paso para normalizar y legitimar un discurso”. Esa diferencia entre lo que llama “racismo educado” y el que parece que, en los últimos años, ha invadido desde la calle hasta posiciones políticas, es precisamente la que muestra en un nuevo monólogo que está preparando.

“Es una pena que España esté llegando a esto, porque hay mucha gente maravillosa que siente vergüenza de que otros estén orgullosos de ser racistas”, añade. Sobre todo, cuando esas posiciones encuentran en los más débiles un objetivo al que atacar: los menores no acompañados. “Se está utilizando a niños para conseguir votos”, lamenta Thimbo. “Es algo muy triste porque los niños son niños, da igual que vengan de un país en guerra o que su padre le haya metido en un cayuco. Son niños, son inocentes, y da igual si son blancos o negros. Son niños y debemos cuidarlos”, defiende. “No sé cómo se puede tener un niño en casa, cuidarlo, y luego salir a la calle y decir que son los MENAS quienes están acabando con todo. Es muy triste en lo que se está convirtiendo nuestro país”, insiste.

Políticas ‘de verdad’

Por eso, defiende que “deberíamos ya hablar de políticas de verdad”. Y es que, para él, la integración no debe ser solo un discurso superficial, sino una participación real en todos los ámbitos de la sociedad: política, trabajo, educación y cultura. “Nosotros, los africanos, los racializados, los migrantes, debemos entrar en todos los sitios: en la política, en los medios, la policía, tenemos que estar en todos, porque el discurso debe cambiar”, asevera. “El que hace algo mal no puede representar a todos los negros, igual que el español que hace algo mal no representa a todos los españoles. Pero si un negro hace una cosa bonita, la ha hecho un negro, incluso son capaces de nombrarla, pero sí que hacen cosas malas, todos los negros han hecho cosas malas”, explica.

“Parece que no son capaces de ponerse en la situación de qué pasaría si, por algún motivo, fueran los blancos quienes migrasen a Senegal, por ejemplo, y allí les dijeran ‘tenéis que integraros’, pero nadie les dice cómo”, señala. “No tienes el idioma, ni idea de cómo hacer trámites, ni de cómo encontrar trabajo ni cómo estudiar”, reclama. “Podemos integrarnos, pero necesitamos que todas esas cosas se faciliten para que podamos hacerlo”, reconoce.

Sin embargo, la dignidad de la persona no debería estar sujeta ni a la capacidad de integrarse ni a “casos de éxito” como es el de Thimbo. “Yo sé al 100% que todo lo que estoy consiguiendo aquí, en España, si yo fuera blanco, ya estaría en ‘La Revuelta’. Estaría en muchísimos programas, igual incluso estaría en política. Pero estoy en un país en el que no paran de ponerme barreras que voy tumbando, pero lo hago con aliados y aliadas. Solo, con mis medios, no podría”, asegura. “Y es triste, porque sé que estoy capacitado para hacer cosas super chulas, cosas que aportan muchísimo a España, cosas que pueden cambiar la imagen que tiene la gente”.

La Iglesia que acoge

Parte de estos “aliados” de los que habla Thimbo los ha encontrado dentro de la Iglesia. “Cáritas me ha ayudado muchísimo”, apunta. Asimismo, en los últimos años ha estado colaborando con las teresianas dando charlas en institutos. “Tengo la suerte de conocer gente super bonita, super maja, gente que está haciendo cosas increíbles por las personas migrantes”. Él, sin embargo, no cree que sea especial. “Soy alguien que ha trabajado duro a pesar de las barreras”, dice, pero, igual que él, “parece que no se entiende que los migrantes no son personas que vengan sin conocimientos y sin capacidad de aportar. Lo que muchas veces no tenemos es la oportunidad, porque no se nos da”.

Por ello, Thimbo tiene un mensaje muy claro para la Iglesia. Especialmente, cuando dentro de la misma hay posiciones abiertamente contrarias a la acogida, pero, a su vez, hay tantas personas que trabajan cada día para tender una mano a quienes llegan a nuestro país. “Hay que posicionarse”, dice. “Lo que no podemos es seguir trabajando pero hacerlo a escondidas, sin hacer incidencia. Hay que mojarse, porque la gente mala va a seguir existiendo, pero nosotros tenemos que seguir trabajando”, subraya. Y es que las personas migrantes no solo son sujetos de ayuda, sino protagonistas de sus historias, creadores culturales y voces imprescindibles en los debates más urgentes de una sociedad que necesita –urgentemente– reflexionar hacia dónde va y cómo puede establecer espacios de diálogo que la hagan más justa, más humana y más acogedora.

Texto: Elena MagariñosFoto: Jesús G. Feria

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