León XIV: «No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores»

El papa León XIV en el Movistar Arena

Entre los numerosos temas abordados durante su viaje apostólico a España, León XIV dedicó una atención especial a las personas mayores, los enfermos y todos aquellos que experimentan la fragilidad física, emocional o social. El Pontífice ofreció una profunda visión cristiana de la vulnerabilidad humana, insistiendo en la necesidad de acompañar, cuidar y reconocer la dignidad de quienes atraviesan la enfermedad, la vejez o la dependencia.

A través de distintos encuentros y discursos, el papa denunció la cultura del abandono y propuso una auténtica espiritualidad de la cercanía.

Los abuelos: un tesoro indispensable para las familias

La referencia más directa a las personas mayores tuvo lugar durante un encuentro con niños y familias, donde León XIV habló con especial afecto sobre el papel de los abuelos. Sus palabras constituyeron una de las defensas más explícitas de los mayores en todo el viaje: «Los abuelos son muy importantes en la vida de las familias. Nunca deberían quedarse solos. A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos mientras los padres van a trabajar y así, con cariño y dedicación, ayudan a los niños a conocer el amor a Dios y al prójimo, para que eche raíces en sus corazones y un día lleguen a ser hombres y mujeres de bien».

Pero el papa fue más allá de un simple reconocimiento afectivo. Planteó una verdadera responsabilidad moral hacia quienes llegan a la vejez: «Cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos, a su tiempo, cuidaron de nosotros. No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste». Y añadió una llamada que trasciende los vínculos familiares:

«Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos; y aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Porque, si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás».

Una sociedad que no olvide a quienes ya no tienen voz

La preocupación por las personas mayores reapareció en Madrid durante el encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte».

Reflexionando sobre el desarrollo tecnológico y el progreso social, León XIV recordó que una sociedad verdaderamente humana no puede construirse únicamente desde la eficiencia o la productividad. «Que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz».

La afirmación tiene una especial relevancia en un momento histórico marcado por el envejecimiento de la población y el aumento de situaciones de dependencia asociadas a enfermedades neurodegenerativas. Para el Pontífice, el criterio para evaluar cualquier avance social es siempre la dignidad de la persona, especialmente cuando ésta se encuentra en situación de fragilidad.

Cristo presente en quienes sufren

La visión pastoral de León XIV sobre la enfermedad quedó especialmente reflejada durante su visita al proyecto social CEDIA 24 Horas. Allí recordó que la actitud de Jesús hacia quienes sufren constituye el modelo permanente para la Iglesia:

«Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre no sólo para sanar nuestras enfermedades y miserias, sino para hacerlas suyas —excepto el pecado—, viviendo como uno de nosotros en la debilidad e identificándose con toda persona que sufre». Y citó las palabras del Evangelio de Mateo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

Para el papa, el enfermo no es simplemente alguien necesitado de asistencia; es un lugar privilegiado de encuentro con Cristo.

La esperanza para quienes viven la enfermedad

Durante la homilía del Corpus Christi en Madrid, León XIV volvió a referirse a quienes sufren. Describiendo la cercanía de Cristo en la vida cotidiana, afirmó:

«Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre».

No presentó la enfermedad únicamente como una realidad médica, sino también como una experiencia humana y espiritual que necesita acompañamiento, esperanza y presencia.

La memoria, un patrimonio que debe ser custodiado

En diversos discursos, León XIV vinculó la identidad de los pueblos con la memoria compartida. Al dirigirse al mundo de la cultura afirmó: «Estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad».

Y más adelante pidió construir una sociedad donde: «La cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo».

Aunque estas palabras no se refieren explícitamente al deterioro cognitivo, adquieren un significado especial cuando se contemplan desde la realidad de tantas familias que acompañan a personas con demencia, Alzheimer u otras enfermedades que afectan progresivamente a la memoria.

El papa recuerda así que la memoria humana no es sólo una función biológica, sino también un patrimonio espiritual y relacional que debe ser protegido y acompañado.

Una Iglesia llamada a visitar, escuchar y cuidar

La visión de León XIV sobre los enfermos aparece también en su llamada constante a la cercanía. Durante la homilía en Canarias recordó las obras de misericordia evangélicas: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis».

La visita al enfermo no aparece como una actividad opcional, sino como una expresión concreta del seguimiento de Cristo.

En este sentido, el papa propone una Iglesia capaz de acompañar no sólo las necesidades materiales, sino también las heridas invisibles de la soledad, la dependencia y el sufrimiento prolongado.

Una cultura del cuidado frente a la cultura del descarte

La enseñanza de León XIV durante su viaje a España converge en una misma convicción: el valor de una persona no disminuye con la edad, la enfermedad o la pérdida de autonomía.

Los ancianos siguen siendo portadores de sabiduría y memoria; los enfermos continúan siendo depositarios de una dignidad inviolable; quienes sufren deterioro físico o cognitivo no dejan de ser hijos de Dios ni miembros imprescindibles de la comunidad.

Por ello, el papa invita a familias, instituciones y comunidades cristianas a construir una cultura del cuidado donde nadie quede relegado al aislamiento o al olvido.

Su mensaje puede resumirse en una de las frases más significativas de todo el viaje: «No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores».

En una sociedad cada vez más envejecida, estas palabras resuenan como una llamada urgente a redescubrir la compasión, la cercanía y la responsabilidad compartida hacia quienes más necesitan ser acompañados.

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