En situaciones de fragilidad, la esperanza parece un lujo. Pero, mantenerla en situaciones difíciles, es crucial para permanecer y aportar vida. El gran reto es cómo cuidar y nutrir a las personas que animan y acompañan vidas rotas.
Crecer en autoconciencia y autoatención
Requiere cuidar la esencia de cada persona que entra en relación con personas y situaciones dolientes. Es necesario en primer lugar saber quién soy y saber qué tengo para cuidar. Muchas veces el cuidado se ha enfocado hacia fuera: herramientas de acompañamiento, características de grupos… Es necesario, pero previo a eso hay una pregunta: ¿Que tengo yo para dar?
Necesitamos propiciar espacios de autoconocimiento para dar lo mejor que tenemos y descubrir qué es lo que necesitamos de los otros para sumar ¡y poder completarnos! Esto puede ayudar a construir comunidades más fuertes y resilientes, capaces de trabajar juntos para ofrecer espacios de cuidado a los demás.
Enfocar la mirada
Implica mirar a las personas en su totalidad, más allá de su problemática. Siempre hay dones escondidos y el arte de un buen acompañamiento debe consistir en descubrirlos. Pasa por acoger también lo que el otro nos puede dar. Hemos de situarnos en igualdad sin “robarle su dolor”. Mirar la totalidad aporta una perspectiva que motiva a permanecer y a seguir implicándose para cambiar la realidad o asentir a la misma descubriendo todo lo que puede hacerla más “amable”.
Generar una red de apoyo
Es necesario trabajar en equipo y abiertos a la confrontación, mantener una red de apoyo social fuerte, a través de compañeros del equipo, grupos de apoyo… Esto es, establecer una supervisión y retroalimentación que proporcionen un espacio seguro para compartir experiencias y recibir retroalimentación constructiva. A la par, compartir buenas prácticas y estrategias.
Cultivar la Resiliencia
Apostemos por cuidar la capacidad de adaptarse, aprender de las experiencias difíciles para crecer y fortalecer nuestra capacidad de enfrentar el futuro. Esto puede implicar aprender habilidades, buscar oportunidades o aceptar que algunas cosas están fuera de nuestro control. Como creyentes sabemos que nuestra principal fortaleza para permanecer en la adversidad proviene de saber que un Amor Mayor sostiene nuestras vidas y la de las personas y realidades en las que trabajamos. Nuestra tarea es “trabajar como si todo dependiera de nosotras, sabiendo que nada depende de ello”, porque es Otro quien nos da la esperanza y la vitalidad.
Texto: Arantza Odriozola, ODN | Ponente en las Jornadas de Justicia y Misión ‘Los nombres de la Esperanza hoy’, que se celebrarán el próximo 22 y 23 de febrero