Yago Abeledo, M.Afr.: «Sin el Espíritu Santo no hay cambios duraderos»

Yago Abeledo, M.Afr.: "Sin el Espíritu Santo no hay cambios duraderos"

La 32ª Asamblea de la CONFER reunió durante tres días a superiores mayores de toda España para reflexionar sobre la conversión sinodal de la vida religiosa. Desde su experiencia como miembro de los Misioneros de África y facilitador del encuentro, Yago Abeledo analiza los bloqueos, resistencias y oportunidades que atraviesan hoy las congregaciones, así como el papel que puede desempeñar la vida consagrada en el proceso sinodal de toda la Iglesia.

¿Por qué este momento puede ser una oportunidad para la vida religiosa en España?

La Eucaristía de inauguración comenzó quince minutos más tarde de lo previsto. En sus primeras palabras, el cardenal José Cobo explicó que se había quedado atascado en el tráfico de Madrid. Y yo pensé: esto es exactamente de lo que vamos a hablar estos tres días. En el enfoque de facilitación que utilizo hay un principio que se verifica una y otra vez: lo que ocurre al comienzo de un encuentro contiene en germen lo que ese encuentro necesita elaborar. El atasco no era solo tráfico. Era la realidad hablando antes de que nadie abriera la boca. La vida consagrada lleva años hablando de sinodalidad sintiéndose atascada: mucho discurso, poco movimiento real y una desilusión creciente. Y lo que nos atasca, cuando no lo nombramos, se convierte en fantasma. Por eso el kairós no es una proclamación optimista sobre el futuro, sino el reconocimiento de que hay un momento de gracia disponible precisamente en el bloqueo, si se habita con profundidad en lugar de intentar gestionarlo. La Asamblea fue una apuesta por eso: no encontrar todas las respuestas, sino aprender a ver lo que antes no queríamos ver, nombrar los fantasmas que viajan con nosotros y entender que el adversario no está enfrente, sino dentro.

Entender la sinodalidad

¿Cómo se ayuda a que una Asamblea no sea solo un espacio de escucha educada, sino un verdadero proceso de discernimiento?

La escucha educada es el mayor riesgo de cualquier encuentro eclesial. Se asiente, se comparte bonito y cada uno vuelve a casa con lo mismo que trajo. Para que haya discernimiento real tiene que aparecer algo que incomoda. Uno de los primeros gestos de la asamblea fue preguntar: “¿Qué diversidad hay en esta sala que quizás no va a tener mucha voz estos días?”. La pregunta invitaba a nombrar lo que está presente pero no suele tener representación oficial. Lo que surgió fue de una honestidad poco habitual: conflictos reales, miedos concretos, heridas sin nombre. Nombrar todo eso al inicio no fue una catarsis, sino un acto de honestidad. Una clave fundamental es que lo que no tiene voz no desaparece; opera por debajo, nos atasca y deforma las conversaciones. Dándole un lugar explícito, el grupo pudo moverse con más libertad. Otra clave fue crear seguridad psicológica real: un espacio donde las personas pudieran expresar lo que realmente sienten y piensan sin miedo a ser juzgadas. Eso implica también que el facilitador se entienda como parte del proceso. No estaba fuera de lo que ocurría, sino dentro, con mis propios límites y zonas ciegas. Esa posición cambia la calidad de lo que es posible en la sala.

Como misionero, ¿cómo ha marcado su experiencia vital en su manera de entender la sinodalidad?

Me fui de España con 26 años. Llevo décadas viviendo en contextos interculturales profundos, especialmente en África. Eso transforma radicalmente cómo entiendes la fe, la Iglesia y la manera de caminar juntos. África me enseñó la filosofía Ubuntu, cuyo corazón es la expresión: “Una persona es persona a través de otras personas”. Nadie llega a ser plenamente humano en soledad. La humanidad se construye en relación, mediante la empatía, la interdependencia y el cuidado mutuo. Ese espíritu resuena profundamente con la primera comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles. Ubuntu transformó mi manera de entender la sinodalidad. Ninguno de nosotros llega a la verdad completa en soledad. Necesito al otro, especialmente al que piensa distinto o me incomoda, para ser más plenamente quien estoy llamado a ser. Cuando alguien queda excluido de la mesa no solo pierde él; perdemos todos. El consenso fácil que ignora las voces disonantes no es comunión, sino empobrecimiento colectivo disfrazado de armonía.

Usted lleva treinta años fuera de España. ¿Qué ve desde esa distancia? ¿Y qué cree que se le escapó precisamente por eso?

Desde fuera veo con más claridad la autorreferencialidad: la tendencia de la vida consagrada española a medirse constantemente con su propio pasado. Eso genera una narrativa de fracaso que, a mi juicio, es teológicamente falsa y procesualmente paralizante. También veo con más nitidez heridas coloniales que muchas congregaciones no han reconocido plenamente. Las jerarquías entre europeos y hermanos del sur global siguen reproduciéndose décadas después de cualquier independencia política. No es solo una cuestión intercultural; afecta a la integridad misma del proceso sinodal. Pero también hay cosas que se me escaparon. Llevo treinta años fuera de España y eso tiene un coste. La polarización que vive hoy la Iglesia española para quienes están aquí es el paisaje cotidiano. Puedo comprenderla, pero no la he vivido en el cuerpo. Esa diferencia importa y me obligó a escuchar mucho antes de atreverme a hablar.

Resistencias y conversiones

¿Qué resistencias internas tiene hoy la Iglesia ante la conversión sinodal?

Fundamentalmente, el miedo a perder poder. También está la cultura del “siempre se ha hecho así”, que sacraliza el pasado como criterio del presente y cierra el kairós antes de que pueda abrirse. Y existe algo más sutil y peligroso: usar el lenguaje espiritual para evitar conversaciones difíciles. Hablar de comunión cuando hay conflictos de poder sin resolver. Hablar de obediencia cuando hay abuso de conciencia. Hablar de confianza cuando nadie quiere nombrar una dinámica tóxica. Las palabras sagradas pueden conducir a la verdad o convertirse en maneras elegantes de rodearla. Las resistencias, sin embargo, no son solo obstáculos. A veces protegen algo valioso que costó mucho construir. La pregunta no es cómo eliminarlas, sino qué quieren proteger. Cuando consigues escuchar eso, la resistencia puede convertirse en recurso.

Se habla de cinco grandes conversiones: espiritual, relaciones, estructuras, procesos de decisión y misión. ¿Cuál le parece hoy más urgente y cuál es la más difícil de implementar?

Estas cinco conversiones forman un único camino. La más urgente es la espiritual, porque sin abrir el corazón al Espíritu Santo no es posible realizar cambios duraderos. Él es el verdadero protagonista del proceso sinodal. La más paradójica es la institucional. Las personas que tienen autoridad para cambiar las estructuras son precisamente quienes más directamente las habitan y, muchas veces, las reproducen sin darse cuenta. Detrás de muchos bloqueos institucionales suele haber bloqueos relacionales no resueltos. Las instituciones cambian cuando cambian las relaciones entre las personas que las sostienen.

¿Puede haber misión sin conversión de las relaciones?

Puede haber actividad, pero no misión en sentido evangélico. Sin conciencia es fácil reproducir dinámicas tóxicas incluso con la mejor voluntad. La conversión relacional no es un paso previo a la misión; es el corazón mismo de la misión. La forma en que vivimos juntos ya es evangelio o contraevangelio. La misión compartida no debería ser la suma de esfuerzos paralelos, sino una verdadera interdependencia donde la conversión de unos abre espacio para la conversión de otros.

Estructuras sinodales

¿Qué estructuras deberían cambiar primero para favorecer una vida religiosa más participativa?

Aunque el problema principal no son las estructuras sino el espíritu con que las habitamos, hay estructuras que dificultan enormemente cualquier cambio. Habría que revisar los mecanismos reales de toma de decisiones. En muchas congregaciones se consulta para confirmar decisiones ya tomadas. La participación auténtica implica que la consulta pueda modificar el resultado. También es necesario fortalecer los canales de denuncia, haciéndolos independientes, accesibles y fiables. Y afrontar algo más incómodo: la perpetuación de las mismas personas en posiciones de influencia.

¿Cómo evitar que la burocracia eclesial termine frenando los procesos sinodales?

Reconociendo que la burocracia no es el problema, sino el síntoma. Detrás de cada procedimiento que frena hay una desconfianza, un miedo al cambio, o un interés que se protege. La solución no es eliminar estructuras, sino habitarlas con otro espíritu. Eso a veces requiere personas con suficiente autoridad moral para decir en voz alta: este procedimiento está sirviendo al miedo, no al Evangelio. Eso es acto profético. Y la vida consagrada, cuando está en forma, sabe hacerlo. El riesgo es cuando ella misma se convierte en la institución que protege sus propios procedimientos con la misma lógica que critica en otros..

Conflictos y heridas

¿Qué conflictos están emergiendo hoy en la vida religiosa?

Lo que surgió merece ser dicho con detalle, porque detrás de cada tema hay un conflicto real con peso e historia propios. Los miedos (a perder la identidad, miedo a perder el poder, miedo a decir algo y quedar mal, angustia ante el futuro), no como debilidad personal sino como síntoma de un momento institucional que desborda a muchos líderes sin que nadie lo nombre; los abusos en todas sus dimensiones; la diversidad en la vivencia de la sexualidad, gestionada en silencio y a veces con dolor. También la muerte institucional; las ideologías políticas, que generan conflictos reales dentro de las comunidades; la interculturalidad proclamada y no practicada. Los laicos y los jóvenes, ausentes de la sala pero presentes como pregunta. Y lo más interior y silencioso: las heridas no verbalizadas, la soledad, el desánimo, el cansancio de pasar décadas haciendo sin preguntarse quién se está siendo.

¿Qué heridas de la vida religiosa necesitan hoy espacios seguros de palabra?

Las heridas interculturales no reparadas; las de quienes fueron víctimas de abuso dentro de sus propias congregaciones y no encontraron escucha ni reparación. Las heridas del cansancio existencial: personas que dieron todo y sienten que nadie les preguntó si querían seguir dando. Y una herida más silenciosa: la de quien ya no siente lo que debería sentir.

Futuro próximo

¿Qué puede aportar específicamente la vida religiosa al proceso sinodal de toda la Iglesia?

El cardenal Cobo lo nombró en la homilía de apertura con una imagen que me parece exacta: la vida consagrada es una especie de laboratorio del Evangelio para la Iglesia. Un lugar donde se experimenta, donde se aprende de los errores, donde los procesos se viven con una intensidad y una densidad que pocos espacios eclesiales permiten. El segundo aporte es la radicalidad estructural: vivir sin posesiones propias, sin familia nuclear, sin patria fija es, cuando se vive de verdad, una crítica permanente al individualismo, al consumismo y al nacionalismo que fracturan cualquier sinodalidad genuina. Y el tercero es el testimonio de comunidades que han aprendido a vivir el conflicto sin destruirse. No la armonía fácil, no la paz que evita las conversaciones difíciles, sino la comunión trabajada: el trigo y la cizaña creciendo juntos. Las asambleas terminan, pero los procesos no.

¿Qué necesita ocurrir en los próximos doce meses?

Que el proceso toque los cuerpos directivos de las congregaciones. Varias voces en la asamblea lo pidieron explícitamente. Una asamblea de superiores mayores que vive algo real pero vuelve sola a su congregación es como una semilla que cae en un suelo sin preparar. La conversión sinodal no la puede sostener una sola persona. Que la CONFER se tome en serio el rol de acompañante de procesos, no solo de encuentros. Lo que emergió en esta asamblea no es material para un informe, sino algo vivo que necesita seguimiento, espacios de continuidad, facilitación que no dependa de que haya otra asamblea dentro de un año. Y que alguien tenga el coraje de crear los espacios concretos donde los conflictos que se nombraron por primera vez puedan ser realmente trabajados.

Texto: Elena Magariños / Imagen: Jesús G. Feria

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