Fundación Gizaide: tres décadas acompañando la salud mental

Fundación Gizaide: tres décadas acompañando la salud mental

La Fundación Gizaide nació en San Sebastián en 1997 como respuesta a una necesidad: ofrecer un hogar y acompañamiento estable a mujeres con enfermedad mental grave que vivían en situación de exclusión. En aquel momento –hace casi tres décadas–, el proyecto surgió a partir del cierre de varios centros educativos provocado por el descenso de la natalidad.

Tal como recuerdan las responsables del proyecto –Juana Mari Balda, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Compasión, y Laura Rodríguez y Mari Carmen Iracheta, de las Siervas de María de Anglet–, en sus inicios, Gizaide contaba con ocho plazas y estaba dirigida a mujeres mayores de 30 años, muchas de ellas con problemas de alcoholismo. Con el tiempo, el proyecto fue creciendo, ampliando recursos y diversificando su acompañamiento, hasta consolidarse como una fundación especializada en salud mental grave, con pisos tutelados, centro de día y un modelo comunitario estable.

El patronato de la fundación está formado por ambas congregaciones. En la actualidad, sin embargo, la gestión cotidiana del proyecto recae mayoritariamente en profesionales laicos, especializados en salud mental y acción social. Laicos como Onintza Lasa, directora del centro. Sin embargo, la presencia religiosa sigue siendo un elemento constitutivo del proyecto. En la casa donde conviven las mujeres residentes viven también religiosas de las dos congregaciones, en lo que definen como una “comunión en alianza” para “responder a las necesidades de nuestro tiempo y buscar un nuevo rostro de vida religiosa”.

El nombre de la fundación procede del euskera. “Gizaide significa algo así como el conjunto de humanos, una relación de humanidad”, apunta la directora. Explica, así, que no se trata de un término técnico, sino de una expresión que remite a la pertenencia y al vínculo. “Yo lo llamo familia”, afirma Iracheta. “Aquí se intenta que la persona se sienta parte de algo. Hay gente que tiene familia y gente que no la tiene, o que la ha tenido de forma inadecuada. Aquí son miembros de nuestra familia Gizaide”, asegura.

Ese sentimiento de pertenencia se traduce en gestos concretos. “Hay personas que, incluso teniendo familia, pasan aquí la Nochebuena. Eso dice mucho de la vinculación que se crea”, añaden las religiosas.

Gizaide trabaja con personas diagnosticadas de trastornos mentales graves. “Nosotros no trabajamos ansiedad o depresión leve. Trabajamos esquizofrenias, trastornos bipolares y otros trastornos graves”, explican. Por eso, subrayan que el impacto de momentos especialmente vulnerables, como la pandemia, del COVID, no suelen traducirse en un aumento de casos, sino en episodios puntuales dentro de procesos ya existentes.

De hecho, las heridas más frecuentes que detectan en las personas que acompañan son “el abandono, la incomprensión o el estigma”. Por este motivo, las mujeres que entran en el proyecto “traen, en muchas ocasiones, la sensación de no contar para nadie, de no ser tenidas en cuenta”, señalan.

Acompañamiento integral

El acompañamiento se realiza desde una supervisión constante. “Desde que se levantan hasta que se acuestan están acompañadas. Se cuida el descanso, el aseo, la alimentación, la medicación, que es muy importante”, explican. Y así van pasando los días, la rutina de unas mujeres que, en algunos casos, trabajan y se desplazan solas en transporte público, mientras que otras participan en el centro de día.

Además, el proyecto incluye también el cuidado del equipo: “Nos cuidamos con vida comunitaria, reuniones, formación y acompañamiento espiritual”, explican. Para ello, la fundación cuenta con un plan estratégico renovado recientemente, en cuya elaboración participaron tanto trabajadoras como voluntarias.

El elemento central del proyecto es la vida comunitaria. “Para nosotros lo primero y principal es la persona”, insisten las religiosas. En este sentido, la comunidad es entendida como un espacio terapéutico en sí mismo, donde la relación, la estabilidad y la convivencia cotidiana forman parte del proceso de recuperación. Y es que, para estas mujeres, “sentirse alguien, sentirse parte, que se cuente con ellas, es clave”, explican. Las residentes participan también en actividades externas, proyectos comunitarios y espacios de visibilización. “Queremos decir que existimos y que somos personas como cualquier otro ciudadano”, afirman.

Asimismo, la dimensión espiritual forma parte del proyecto, aunque no se impone. “La fe está, pero tiene muchas formas”, explican. Pero, para las religiosas que viven en la casa, la clave está en “sentir que el Señor camina con nosotras” y en “hacer lo que hacemos con Él”. “Queremos ver a Jesús en cada persona que tenemos delante”, aseguran.

Texto: Elena Magariños

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