El lema de esta Jornada de la Vida Consagrada no es una autoafirmación (“somos lo que somos”), sino una pregunta que susurra: “¿Para quién soy?”. No busca ser un eslogan pegadizo y atractivo; es, más bien, una pregunta existencial que resuena como un eco en el interior. Su fuerza no reside en la respuesta que podamos dar, sino en su capacidad de devolvernos a la búsqueda, a esa hondura que nos mantiene despiertos y vivos.
Últimamente he empezado a leer el libro de Byung- Chul Han ‘Sobre Dios: Pensar con Simone Weil’, que nos arroja mucha luz a la hora de abordar esta pregunta. Con este lema, no nos preguntamos qué puesto ocupamos en el organigrama del mundo, sino para quién late nuestro corazón. La pregunta no trata sobre la función, sino sobre el sentido. Y el sentido no es algo que se atrapa o se controla; es algo que se recibe, se descubre y se deja brotar, situándonos al mismo tiempo en nuestras raíces y en nuestro horizonte.
¿Para quién soy, en verdad?
Preguntarse “¿para quién soy?” es entrar en el territorio de lo que da aire a la existencia. No es la utilidad de lo que producimos, sino la profundidad de lo que vivimos. Byung-Chul Han habla de cómo el sentido se despliega en el tiempo, conectando quiénes fuimos con quiénes estamos llamados a ser.
Hoy, la Vida Religiosa está llamada a abrazar su propia herida. Durante mucho tiempo, la tentación fue parapetarse detrás de las grandes instituciones, de los muros de seguridad que otorgaban la solvencia de las estructuras. Sin embargo, el Espíritu parece soplarnos hoy una verdad distinta: la fuerza no está en el blindaje, sino en la apertura. Una Vida Religiosa herida es una Vida Religiosa que puede acompañar a otros desde la horizontalidad, no desde la superioridad moral o jerárquica. Esto nos prepara para escuchar, para dar y recibir, para aprender y complementarnos.
La “desnudez” que aparece en el génesis no es una mera disminución numérica o una falta de recursos; es, en esencia, una capacidad de relación con Dios. Cuando aceptamos nuestra fragilidad, dejamos de ser “gestores de lo sagrado” para convertirnos en heridos que cuidan a otros heridos. Esta reciprocidad transforma la misión: ya no vamos “hacia” los demás para enseñarles algo que no tienen, sino que caminamos “con” ellos para descubrir juntos el Tesoro que ya habita en el camino.
El sentido, por el horizonte que posee, otorga la valentía de salir a donde la gente está y vive. No espera en el despacho ni se refugia en el coro; sale a la intemperie de los interrogantes actuales. Especialmente con los jóvenes, el reto no es ofrecerles un catálogo de soluciones cerradas, sino tener la humildad de compartir con ellos las preguntas vitales.
Salir al camino
Salir al camino significa reconocer que el Espíritu sopla donde quiere y que, a menudo, las respuestas más luminosas nacen en el diálogo con quien piensa distinto. Es en ese compartir la duda, la búsqueda de justicia y el anhelo de trascendencia donde el carisma se vuelve relevante. Los acentos carismáticos no son banderas para diferenciarnos, sino especias que dan sabor a la mesa común de la humanidad. Cada congregación, cada comunidad, aporta un color, una nota, una forma de mirar que enriquece el poliedro de la Iglesia.
En el origen, somos “criaturas”: seres que han recibido la vida como un regalo. Aceptar esto nos vuelve vulnerables, y para abrazar esa verdad necesitamos despojarnos de las capas de prestigio que a veces usamos como armaduras frente al vacío. El sentido real no está en lo que demostramos, sino en ponernos bajo una mirada: la de un Dios que ama sin condiciones, la de nuestros hermanos y la de una humanidad herida con la que compartimos la fragilidad.
Cuando miramos a los testigos, a esos hombres y mujeres que se han desgastado en el tiempo, no vemos vidas perfectas, sino vidas logradas (algo que experimento con frecuencia en los funerales de las hermanas mayores de mi congregación). Una vida lograda no es una vida sin errores o sin cambios de rumbo; es aquella que fue capaz de escuchar a su tiempo y de romper sus propias expectativas para dejarse sorprender por Dios. Son personas que han desplegado su existencia en un lenguaje de amor sencillo y fiel.
Calidez humana
Al final del camino, cuando llega el momento de la despedida, lo que queda no es la eficacia de la gestión, sino la calidad humana. Es esa calidez de quien supo ser “hospedero” del misterio. El valor de una vida no se mide por cuánto se ve, sino por su capacidad de generar vida en otros, de cuidar silencios y de acompañar procesos lentos.
Curiosamente, la pregunta “¿para quién soy?” también nos invita a descansar. Un descanso que no es huida, sino confianza. Es dejar de justificarnos ante el mundo y permitir que la vida repose en Quien la sostiene. En una cultura del agotamiento y la prisa, la vida religiosa está llamada a ser un signo de reconciliación.
Volviendo a dejarnos iluminar por Byung-Chul Han: mientras el mundo “devora” información, nosotros estamos invitados a “mirar”. Simone Weil decía que “la atención es la forma más rara y pura de generosidad”. Regalarle a alguien una atención plena, sin pretensiones de éxito, es un acto sagrado. La Vida Religiosa no ofrece recetas, sino la valentía de habitar las preguntas, incluso en medio del silencio.
Este interrogante nunca se agota. No tener una respuesta definitiva no es un fracaso; es la señal de que el Espíritu sigue actuando. La Jornada de la Vida Religiosa nos invita a detenernos y escuchar ese eco: “¿para quién soy?”. No para definirnos de una vez por todas, sino para seguir buscándonos en la vulnerabilidad y la esperanza. Porque vivir merece la pena cuando se vive para alguien más, reconociendo que, en nuestras manos heridas, se sostiene la esperanza.
Texto: María García Olloqui, SS.CC


